CATARINA, LA BRUJA DE LOS BICHOS

Un cuento de Elba Hernández

0%

CATARINA, LA BRUJA DE LOS BICHOS

Mejor lectura en horizontal

CATARINA, LA BRUJA DE LOS BICHOS

Elba Hernández Díaz

El cansancio de la rutina diaria calaba hondo en los huesos de Dalila al salir de su jornada laboral. Con el rumor del tráfico de la pequeña ciudad como fondo, caminaba por la acera que, por pura necesidad logística, recorría mecánicamente todas las tardes para dirigirse al transporte público. Sin embargo, esa tarde de verano tenía un matiz distinto. El calor denso de la calle contrastaba con la atmósfera que exhalaba un pintoresco vivero local; un aire fresco, húmedo y cargado de esencias vegetales parecía desbordarse hacia la banqueta, invitando a los transeúntes a resguardarse en su interior.

Fascinada por la explosión verde, Dalila detuvo sus pasos frente a la entrada, donde una gran variedad de plantas recién llegadas reposaba en un aparente y encantador desorden, amontonadas por doquier debido a la falta de espacio inmediato. Al notar la indecisión de la joven y sus tímidos intentos por abrirse paso entre la maleza ornamental, un muchacho de aspecto esbelto y sonrisa franca se apresuró a salir desde el fondo del cobertizo. Era Gilo, el dueño del lugar, quien con un ademán ágil comenzó a apartar macetas de helechos y palmeras para despejarle un sendero seguro. Con una reverencia exagerada y divertida, la invitó a pasar, extendiendo el brazo para indicarle el camino hacia el corazón de su pequeño oasis botánico. Dalila aceptó el gesto, adentrándose en un laberinto de hojas y capullos que transformaría su vida para siempre.

El destino, que suele viajar invisible entre las ráfagas de viento y tejer sus hilos tanto a la luz del día como al amparo de las tardes moribundas, se encargó de enredar las rutinas de ambos jóvenes en una trama de encuentros constantes. Lo que comenzó como una visita fortuita se convirtió rápidamente en un hábito frecuente bajo el constante pretexto de las plantas. Dalila regresaba una y otra vez, armada con un sinfín de preguntas minuciosas sobre los métodos de cultivo idóneos, los sustratos adecuados y los cuidados específicos para cada brote. Gilo, por su parte, nunca se quedaba sin respuestas ni sin obsequios; a cada duda técnica correspondía el regalo de una pequeña maceta elegida con disimulado esmero. Cualquier excusa era válida si les permitía prolongar las conversaciones que a ambos les generaban un profundo bienestar emocional.

El cortejo floral no tardó en dar sus frutos. Al cabo de unos pocos meses, la complicidad era tan evidente que la pareja decidió formalizar una relación que fluyó con tanta naturalidad que apenas requirió tiempo para consolidarse en un matrimonio feliz. Con el paso de los días, Dalila no solo se descubrió profundamente enamorada de su esposo, sino también de ese universo verde que ahora compartían. Aprendió a reconocer los sutiles lenguajes de las flores y a dejarse envolver por los aromas dulces y terrosos que impregnaban cada rincón de sus vidas. El hogar de Dalila y Gilo parecía una pintura viva, donde el blanco de las paredes servía de lienzo para los matices encendidos de la naturaleza.

Pronto, el negocio experimentó una transformación radical gracias a la mente brillante de Dalila. Además de su entusiasmo inagotable, la joven reveló una innata y excelente capacidad empresarial. Con una visión innovadora, organizó y capacitó a un equipo especializado de empleados para ofrecer un servicio exclusivo de decoraciones florales destinadas a todo tipo de eventos, desde solemnes ceremonias religiosas hasta los festejos populares en la comarca. Este nuevo nicho comercial impulsó un crecimiento impresionante y acelerado del negocio, haciendo que las instalaciones originales resultaran insuficientes para la demanda.

Ante el éxito inminente, Gilo no dudó en adquirir un predio colindante de gran extensión que, por fortuna, se encontraba a la venta y sin complicaciones legales para su compra inmediata. La expansión territorial trajo consigo una renovación total del catálogo del vivero. En la nueva sección del terreno se incorporó una vasta variedad de árboles frutales y especies de ornato de gran envergadura. Como si la naturaleza misma aplaudiera el esfuerzo de los esposos, las tierras fueron bendecidas con el brote espontáneo de un manantial de aguas cristalinas, lo que garantizaba el riego idóneo de toda la producción. Gracias a los relieves geográficos del terreno, que protegían las plantas de los vientos helados y concentraban la humedad necesaria, el lugar poseía el mejor microclima de la ciudad, permitiendo la producción masiva de miles de ejemplares en condiciones óptimas.

El tiempo transcurrió de prisa, con la ligereza y velocidad con la que las mariposas revolotean al encuentro de los días calurosos del verano, donde el néctar de las flores las aguarda pacientemente. Así, casi sin darse cuenta, se cumplieron diez años de arduo trabajo y dedicación constante. Para entonces, el antiguo cobertizo se había transformado oficialmente en el vivero "El Edén", una empresa de gran envergadura que contaba con una flotilla propia de camionetas de carga pesada y una nómina considerable de trabajadores.

Un domingo de gran afluencia, mientras el área de ventas registraba una actividad frenética, Gilo pasó todo el día coordinando la logística, registrando la salida de las camionetas y supervisando el acomodo de los pedidos. No fue sino hasta el atardecer cuando el movimiento amainó y el hombre pudo reunirse con su esposa. Dalila ya lo esperaba arreglada y lista para salir de la propiedad; el plan consistía en refugiarse en algún restaurante local para cenar, relajarse y hacer el balance financiero y operativo del extenuante día.

—Parece que estamos jugando al teléfono descompuesto —comentó él con humor mientras entraban al restaurante. Mientras la empleada acomodaba minuciosamente los cubiertos y las copas sobre el mantel, Gilo continuaba observando a su esposa con una mezcla de insistencia, interrogación y divertida extrañeza. Dalila, al verse descubierta en su complicidad secreta y una vez que la mesera los dejó solos, no pudo contener una ligera risa nerviosa. —Dime —preguntó Gilo inclinándose hacia adelante—, ¿te ocurre algo? Te noto un tanto extraña esta tarde, aunque, como siempre, estás hermosa.

La cena transcurrió entre platos exquisitos y anécdotas del vivero. Al terminar el plato fuerte, Gilo sugirió ordenar algún postre especial, pero Dalila denegó la propuesta con un suave ademán de la mano mientras mantenía una sonrisa enigmática. El hombre continuaba hurgando con la mirada en los ojos de su esposa, tratando de descifrar el misterio, mientras ella seguía el juego estirando el silencio con picardía. —Ya, por favor, dímelo de una vez —suplicó Gilo con una risita ansiosa y un tanto impaciente. —¡Ja, ja, ja! —soltó Dalila con una carcajada ligera y cristalina, logrando que la curiosidad de su marido aumentara exponencialmente.

Tras divertirse unos momentos a costa de la desesperación de Gilo, la mujer mudó el semblante y adoptó una expresión de absoluta seriedad, aunque sin permitir que el brillo jubiloso desapareciera de sus pupilas. Abrió su bolso de mano con movimientos lentos y calculados, casi teatrales. De su interior extrajo un delicado y perfecto botón de rosa, cortado del rosal más fino y exclusivo que poseía el vivero, y lo colocó con suavidad sobre la mesa, justo frente a los ojos de su esposo. Gilo bajó la vista de inmediato; miró el botón floral de forma interrogante y luego volvió a mirar a su esposa, completamente desconcertado y sin comprender en lo absoluto el significado del gesto. Dalila, viéndolo tan perdido, no pudo evitar pensar con humor en las profundas diferencias que a veces existen en los procesos mentales de hombres y mujeres.

—¡Ya dime algo! —exclamó Gilo extendiendo las manos—. ¿Qué se supone que significa esta flor? —¡Tonto, tonto y más tonto! ¡Ja, ja, ja! —respondió ella con cariño y diversión. Dalila se puso de pie con elegancia frente al hombre, quien permanecía sentado, inmóvil e interrogante, con el rostro vuelto hacia ella sin apartar los ojos de sus movimientos. Ella extendió su brazo, tomó con delicadeza la mano derecha de Gilo y la colocó firmemente sobre su propio vientre bajo. —Te lo estoy comunicando justo ahora —susurró conmovida. Gilo alternó la mirada entre la mano apoyada en el vientre de su esposa y el botón de rosa que descansaba sobre el mantel. En ese milisegundo, un destello de comprensión absoluta iluminó sus ojos y pareció recorrer cada rincón de su cuerpo como una descarga de energía pura. —¡No! —exclamó con la voz entrecortada—. ¡Dime por favor que no estás bromeando conmigo! —Yo jamás jugaría con algo así, esto es una bendición del cielo —respondió Dalila, mientras sus ojos se humedecían por las lágrimas contenidas. —¡Oh, no, esto es maravilloso! ¡Voy a ser papá! ¡Tendremos un hijo... o una hija! ¡O quizás los dos juntos!

Lo que siguió en los meses posteriores fue una temporada dedicada por entero a los cuidados médicos, mimos excesivos y minuciosos preparativos para recibir con amor al tesoro que tanto tiempo habían anhelado en silencio. Dentro de la dinámica botánica de la pareja, existían dos principales pasiones bien delimitadas. Dalila sentía una devoción casi mística por las suculentas y sus formas geométricas, mientras que Gilo sentía una marcada preferencia por la espectacularidad de los colores florales. Esta división dio origen a lo que la clientela del vivero conocía como "las dos estaciones". Estaban distribuidas de tal manera a lo largo de la calzada principal de entrada que cualquier comprador que deseara llegar a las zonas de los árboles de sombra se veía obligado a transitar primero por los pasillos de las suculentas de Dalila. Acto seguido, debían cruzar la segunda estación, un impresionante mosaico multicolor compuesto por geranios, rosales exóticos y orquídeas de invernadero que, con su fragancia y vistosidad, motivaban de forma inevitable la compra de más de una planta.

Mientras tanto, el embarazo de Dalila avanzaba de forma ininterrumpida. Con el paso de las semanas, los latidos del corazón de la criatura y los pequeños golpecitos internos se hicieron cada vez más perceptibles y vigorosos, permitiendo que los ilusionados padres disfrutaran registrando diariamente cada novedad en el avance de la gestación. Cierta mañana, mientras Dalila cumplía con su rutina de revisar, regar y retirar las malas hierbas que crecían junto a sus diminutas suculentas, se dispuso a combatir las plagas de insectos que solían proliferar en sus plantas consentidas. Para ello, utilizaba exclusivamente unos insecticidas nobles y repelentes orgánicos que ella misma preparaba en casa con extractos herbales, evitando así la contaminación del entorno verde del vivero.

Sin embargo, esa mañana notó algo inusual. Cada vez que accionaba el atomizador y aplicaba el líquido sobre los bichos, en su vientre se desencadenaban movimientos extraordinarios y rítmicos. No se trataba de los giros suaves que sentía al estar sentada a la mesa o al disponerse a dormir; eran golpes fuertes y constantes que despertaron su curiosidad científica. Decidida a desentrañar el misterio del comportamiento de su bebé, Dalila se dio a la tarea metódica de registrar en una libreta la hora exacta y el día en que sentía aquellos movimientos extraños. Al cabo de una semana de observación, la estadística arrojó un dato contundente e irrefutable: justo en los momentos en que ella aplicaba el líquido exterminador orgánico o utilizaba el matamoscas en el invernadero, los golpes en su vientre se intensificaban con fuertes pataleos del ser que estaba por nacer. —¡Calma, calma! —decía la sonriente madre primeriza mientras se acariciaba el vientre—. Ya falta muy poco para que salgas a este mundo... ¡aguanta un poco más! ¡Aguanta! —murmuraba divertida para sí misma en la soledad del pasillo verde.

En sus primeras semanas de vida, la pequeña parecía un diminuto ovillo de piel rosada que descansaba plácidamente en una canastilla de mimbre, manteniendo por lo general un comportamiento muy silencioso. Pronto llegó el día del bautizo, y los padres decidieron otorgarle el nombre de Catarina. La elección no fue fortuita: obedecía a la cantidad de estos insectos benéficos que habitaban de forma natural en la estación de las flores y que la pareja apreciaba tanto por ser valiosos guardianes ecológicos contra las plagas, además de criaturas hermosas con sus alitas rojas cubiertas de lunares negros.

El tiempo voló con la misma rapidez con la que las abejas cruzan los campos en busca de flores. Casi de la noche a la mañana, la pequeña Catarina comenzó a dar sus primeros pasos. A partir de ese momento, Dalila se vio en la constante y titánica tarea de proteger la vegetación que quedaba al alcance de las manitas de la niña. Llena de emoción y con un andar todavía torpe e imparable, la pequeña recorría todos los pasajes del vivero, jalando con curiosidad las hojas inferiores y los pétalos multicolores que encontraba en su camino.

A medida que Catarina fue creciendo, aprendió a equilibrar sus responsabilidades académicas en el colegio con sus largas estancias en los pasillos de "El Edén". La niña tenía la capacidad de manipular con extrema delicadeza a cualquier criatura: tomaba entre sus dedos lo mismo una araña pollito que una hormiga guerrera o una frágil mariposa, sin recibir jamás una sola picadura o mordedura. Incluso las mariposas más esquivas se negaban a volar lejos, permaneciendo posadas pacíficamente sobre sus manos, su cabello rubio o los pliegues de su ropa escolar.

Al principio, Dalila y Gilo temían constantemente que la niña fuera lastimada por la gran cantidad de bichos que Catarina recolectaba y almacenaba en su casita de muñecas. Curiosamente, en aquella estructura de juguete jamás hubo una sola muñeca de porcelana o de trapo; en su lugar, el espacio estaba habitado por gusanitos de seda, escarabajos rinoceronte, arañas de jardín, tarántulas peludas y alacranes de campo que convivían en una paz absoluta que desafiaba las leyes de la biología. En aquel microcosmos, jamás una araña panzona intentó devorar a un chapulín, ni la pequeña rana verde agredió a un caracol; todo transcurría en una calma asombrosa.

Los años avanzaron y la niña se transformó en una bellísima joven de facciones serias y un temperamento un tanto extraño y reservado, aunque profundamente amorosa con sus padres y fiel a su pasión por los insectos, a los cuales jamás renunció. Su recámara se convirtió en un laboratorio vivo: de las cortinas colgaban capullos de mariposas en pleno proceso de metamorfosis, en un rincón descansaba una gran pecera adaptada y, justo afuera del ventanal de su habitación, permitía el crecimiento de un panal gris de avispas anapuris y una colmena repleta de abejas de abdómenes rayados. Catarina cuidaba de ellas con esmero, colocándoles diariamente bebederos especiales con agua endulzada y esencias de frutas frescas.

Debido a la fama de la joven, los habitantes de la región dejaron de utilizar el nombre oficial del negocio; ahora, todos se referían al lugar simplemente como el "vivero de los bichos". Catarina asumió la dirección tras regresar de una larga temporada de viajes por regiones muy especiales del mundo. La joven se había dedicado a estudiar en comunidades que educaban a sus generaciones bajo una filosofía de respeto absoluto al medio ambiente, la tierra y la vida misma. Era un conocimiento ancestral donde la existencia animal y vegetal se fundían en un equilibrio perfecto, otorgándose mutuamente el derecho a coexistir.

Poco después, Catarina tomó una decisión sin precedentes: cedió legalmente la propiedad y los activos del vivero a los trabajadores y sus familias bajo el formato de una cooperativa autosustentable. Tras la muerte física de sus queridos padres se mudó a vivir sola en la villa campestre. A pesar de la ausencia, la joven podía sentir con total nitidez cómo el amor y la esencia de Dalila y Gilo permanecían impregnados en cada objeto, rincón, muro y pasillo de la propiedad, envolviéndola en una armoniosa y reconfortante soledad.

Fue en el silencio de esa gran propiedad donde Catarina comenzó a experimentar la manifestación consciente de un poder extraordinario que se había gestado en su interior desde el nacimiento. El descubrimiento definitivo ocurrió una tarde de primavera mientras caminaba por el jardín de la villa. En una hoja de un rosal amarillo, una peluda y gigantesca tarántula se disponía a clavar sus colmillos en un grillo que reposaba desprevenido. Sin pensarlo, e impulsada por un deseo instintivo de justicia, Catarina se concentró y proyectó un pensamiento firme hacia el arácnido. Para su propia sorpresa, logró hacerse entender con la tarántula, convenciéndola mentalmente de que no lastimara al grillo y buscara otra fuente de alimento en el bosque colindante. Con asombro, la joven vio cómo la tarántula detenía su ataque, adoptaba una postura que denotaba una extraña vergüenza y se retiraba a toda prisa del lugar, poniendo distancia de por medio.

Impactada por el hallazgo, Catarina decidió poner a prueba los límites de su don. Se dirigió con paso firme hacia la colmena de abejas instalada en su jardín, se concentró y, eligiendo las estructuras mentales más adecuadas y afectuosas, les lanzó una pregunta directa: quería saber si se encontraban bien o si les hacía falta algún tipo de cuidado o alimento. La respuesta no se hizo esperar, provocando una gran sorpresa en la joven. Sin que mediara una voz humana y sin poder identificar un punto de origen físico en el aire, la mente de Catarina captó con total nitidez una respuesta coral y entusiasta: —¡Estamos muy bien, Catarina! ¡Síiii! ¡No nos hace falta absolutamente nada en este jardín! ¡Gracias! ¡Muchas gracias por cuidarnos! —¡Wow! —exclamó la joven en voz alta, rompiendo el silencio del jardín. El fenómeno era puramente telepático y carecía de cualquier explicación científica convencional, pero funcionaba a la perfección; Catarina no salía de su asombro al confirmar que podía interactuar con sus insectos sin el menor obstáculo comunicativo.

A partir de esos encuentros, Catarina comprendió que su don conllevaba una gran responsabilidad ética. Sabía perfectamente que debía ser consciente de que, en el reino de los insectos y los animales, al igual que ocurre en el mundo de los seres humanos, no todas las criaturas actúan siempre de manera bondadosa o conforme a las normas de convivencia ideal. —Es totalmente inevitable guardar y defender un equilibrio natural por el bienestar de todos los habitantes del lugar —reflexionó seriamente para sus adentros, entendiendo que no podía permitir la aniquilación caprichosa entre las especies de su entorno.

Eventualmente, Catarina centró la mayor parte de su atención y afecto en los pequeños insectos y bichillos inofensivos que poblaban los rosales. Cuando las necesidades de la despensa la obligaban a bajar a la población civil, la joven mostraba una seguridad imperturbable. No se inmutaba en lo absoluto al convertirse de inmediato en el centro de todas las miradas curiosas de los lugareños, quienes lanzaban comentarios en voz alta e incluso manifestaban abiertas actitudes de asco, miedo y repudio ante su presencia. El motivo de tal revuelo era el asombroso séquito que la acompañaba: una multitud de insectos y bichitos volaban, subían y bajaban libremente por sus extraños ropajes oscuros y por el ala de su gran sombrero negro, el cual enmarcaba a la perfección su rostro juvenil y su larga cabellera rubia que caía sobre los hombros.

El vestuario de Catarina era un espectáculo digno de analizar con detenimiento. De entre las arrugas y pliegues de sus extrañas faldas oscuras se asomaban constantemente las antenas delgadas, las pequeñas cabezas y las patas ágiles de cucarachas de campo, escarabajos coprófagos y arañas tejedoras. Sobre los encajes finos de sus mangas, algunos alacranes amarillos reposaban inmóviles tomando el sol de la tarde, mientras que las mariposas monarca y los polizones alados elegían la copa de su sombrero negro como plataforma de descanso. Los niños, en su gran mayoría, encontraban el espectáculo sumamente divertido y fascinante; seguían sus pasos a una distancia prudente, señalando con el dedo a los insectos voladores. Sin embargo, no faltaba algún pequeño más sensible que rompía a chillar de miedo, buscando refugio en los brazos de sus asustados padres.

Catarina comenzó a dedicar varias horas del día a la educación y entrenamiento selectivo de su ejército de insectos. Las rutinas en los jardines de la villa parecían sacadas de un cuento de hadas: con un cepillo de cerdas microscópicas, la joven se sentaba a cepillar con paciencia las patitas de las abejas melíferas, enseñándoles técnicas para convertirse en excelentes y eficientes receptoras del polen de las flores. A los alacranes del predio los sometía a un estricto entrenamiento conductual para que aprendieran a usar su aguijón únicamente como un mecanismo disuasorio para asustar a los intrusos, pero sin inyectar jamás su peligroso veneno en caso de un encuentro fortuito. Con las hormigas de la propiedad entabló un diálogo logístico muy provechoso: les otorgó el permiso de recaudar hojas verdes para abastecer sus bodegas subterráneas, pero bajo la estricta condición de no aniquilar por completo las plantas del jardín. —Solo tomen lo que requieran para la subsistencia de la colonia, no destruyan por capricho —les instruía mentalmente. A los chapulines, por su parte, los entrenó para que restringieran su dieta exclusivamente al consumo de ciertas plantas silvestres seleccionadas por ella, salvaguardando así los cultivos principales. Esa era su ocupación principal durante las tardes.

Lo más duro y difícil para el noble corazón de Catarina fue tomar la decisión de expulsar definitivamente de sus tierras a todos aquellos bichos e insectos que se negaron rotundamente a modificar sus instintos y a adoptar conductas amigables con las personas y los animales domésticos. La expulsión se llevó a cabo mediante una solemne ceremonia carente de música; la joven utilizó únicamente humo herbal y vapores desintoxicantes que forzaron la salida de los rebeldes. Así, ante la mirada triste de la bruja, se pudo ver un prolongado desfile de chinches de cama, pulgas saltarinas y arañas viudas negras que cargaban sus pocas pertenencias sobre sus caparazones, alejándose para siempre de las 40 hectáreas de la villa. Catarina, aunque profundamente deprimida por haber fracasado en su noble intento de integrar a las graciosas pulgas y a las tranquilas chinches en su proyecto de paz, prefirió despedirlas con total discreción. Como era de esperarse, los animales domésticos y los perros de la villa fueron los más felices con la medida; de pronto, sus horas de sueño se volvieron tranquilas y reparadoras, permitiendo que sus patas traseras descansaran por fin de la eterna y extenuante tarea de rascarse el cuerpo de noche y de día.

Una nueva dinámica social floreció en el nuevo edén que Catarina había consolidado en su propiedad. Todas las tardes, al caer el atardecer, la explanada de pasto verde y setos de rosales se convertía en el escenario de una asamblea comunitaria inigualable. La joven, vistiendo sus características medias rayadas, se sentaba en el centro del prado para reunirse con miles de sus súbditos: babosas de jardín, gusanos medidores de movimientos cómicos, caracoles terrestres, ranitas verdes de estanque, abejas obreras, avispas alfareras y arañas de diversas especies acudían puntuales a la cita. Definitivamente, la buena brujilla había logrado organizar un verdadero Edén terrenal, digno de las descripciones más bellas de la historia de la humanidad.

Un cambio mágico operó en la rutina de Catarina. Cada mañana, justo al momento de despertar y sin que existiera una explicación lógica aparente, la mente de la joven se inundaba de soluciones perfectas que resolvían de forma casi mágica cualquier conflicto de comportamiento o situación de riesgo que pudiera presentarse dentro de su ejército de insectos y bichos. Esta vez, la joven rompió el protocolo del silencio y se comunicó con ellos de forma totalmente verbal, exponiéndoles con voz clara el ambicioso plan estratégico que había diseñado. El objetivo fundamental consistía en transformar a sus súbditos en un cuerpo de élite que realizara acciones de bien en beneficio directo de la agricultura y de los habitantes de la comarca.

Uno de los planes más espectaculares se activaba durante las temporadas de tormentas eléctricas, cuando el cielo amenazaba con descargar fuertes granizadas que destruirían por completo las cosechas de los agricultores locales. En cuanto caían los primeros trozos de hielo, Catarina activaba su fuerza aérea: miles de arañas tejedoras eran trasladadas con premura sobre las ramas de árboles secos que cuervos, palomas y águilas transportaban en sus garras, sobrevolando los campos agrícolas expuestos. Al ser depositadas sobre los plantíos, las arañas trabajaban a contrarreloj tejiendo unas telarañas tan espesas, elásticas y resistentes que formaban una lona protectora sobre los frutos, logrando que el granizo rebotara sin causar el menor daño a la producción alimentaria. Una vez terminada la tormenta y disipadas las nubes, las arañas enrollaban meticulosamente su obra y regresaban al Edén en el lomo de las aves, listas para la próxima emergencia.

En otras ocasiones, la alarma se encendía cuando el ganado vacuno de los campesinos del pueblo sufría el ataque de peligrosas plagas de gusanos malignos que devoraban la piel de sus orejas y lomos. Para solucionar esta crisis sanitaria, Catarina enviaba de inmediato nutridas parvadas de pájaros carpinteros y gorriones entrenados hacia los corrales de la región. Las aves se posaban con delicadeza sobre las cabezas de las vacas y procedían a limpiar minuciosamente las zonas afectadas, extrayendo los parásitos con tal suavidad que el tratamiento les causaba intensas y deliciosas cosquillas a los animales. Todos estos seres vivos, plenamente integrados en una comunidad de paz y trabajando bajo la sabia dirección de Catarina —la gran bruja de los bichos y de corazón noble—, lograron llevar la felicidad y la abundancia a cada criatura que habitó en su entorno, hasta el día en que la joven, cumplida su misión en la tierra, se perdió pacíficamente en la inmensidad del bosque del Edén.

Ficha Técnica de la Obra

Catarina, la bruja de los bichos

Elba Hernández Díaz

Técnica:Óleo sobre tela
Dimensión:50 x 64 cm.
Año:2017
Desliza
Catarina, la bruja de los bichos Insecto del jardín de Catarina Insecto del jardín de Catarina Insecto del jardín de Catarina Insecto del jardín de Catarina Insecto del jardín de Catarina Insecto del jardín de Catarina Insecto del jardín de Catarina Insecto del jardín de Catarina Insecto del jardín de Catarina Catarina, la bruja de los bichos, obra completa de Elba Hernández
0