Campanina es una bruja joven, divertida, curiosa, preguntona e inquieta. Le encanta pasear y salir cada mañana a recorrer la campiña que rodea su casa, construida sobre un robusto roble que su abuelo le heredó y que ella cuida y disfruta con amor.
Su cabello plateado brilla como la escarcha al amanecer, y su frondosa falda verde se confunde tan bien con el paisaje que a veces los gorriones intentan posarse en ella creyendo que es un arbusto. Lleva botas negras y picudas, puntiagudas como su sonrisa, y un sombrero ancho que en las noches de luna llena se llena de estrellas diminutas.
Una mañana soleada, como era su costumbre, la inquieta brujilla salió a caminar. Procuraba siempre dirigir sus pasos y su curiosidad por diferentes veredas y paisajes, porque creía que el mundo era un libro muy grande y cada sendero una página por leer.
Ese día, justo frente a ella, un robusto árbol de pirul, con cortinajes aromáticos y racimos rojos que parecían pequeños soles colgantes, llamó su atención por la interminable hilera de hormigas rojas que, en riguroso silencio, subían por el rugoso tronco mientras otras descendían cargando provisiones. La brujilla de cabello plateado, acompañada siempre por un caracol amigo de la infancia —a quien llamaba cariñosamente Rayo, porque era todo lo contrario a un rayo—, observó cautelosa aquel desfile.
Rayo tenía la concha tornasolada y las antenas siempre alerta. Aquella mañana, temeroso de ser devorado —como sabía que a veces sucedía con los caracoles—, se ocultó de inmediato en su casa portátil, dejando apenas un hilillo de baba plateada sobre una piedra. —¡Hola! —saludó Campanina con su voz de campanilla. —Silencio —respondió el mutismo de las hormigas, que continuaron su labor sin mirarla.
—¡Holaaa! —gritó más fuerte, alzando su sombrero para que la vieran mejor. Nada. —¿Es que no les enseñaron modales en el hormiguero? —No interrumpas —respondió al fin una hormiga que arrastraba una ramita tres veces su tamaño—. No perdemos tiempo en saludos; solo sabemos trabajar. Trabajar, trabajar y trabajar. Ese es nuestro credo. —Muy bien —dijo Campanina con pena y dignidad—, quédense así, sin saber lo lindo que es pasear o mirar las nubes con forma de caracol.
Continuó su aventura saludando flores e insectos que abundaban en los matorrales. Y fue entonces cuando una risa imparable, fresca como un arroyo de montaña, llamó su atención. Era la risa de una amapola roja, tan intensa que sus pétalos temblaban como papel de seda al viento. La flor suplicaba a una abeja que terminara pronto de libar la miel, pues sus patitas le provocaban cosquillas en lugares que ni siquiera sabía que tenía.
—¡Ja, ja, ja! ¡Por favor, señora abeja, ya basta! —reía la amapola, dejando caer diminutas gotas de rocío que parecían lágrimas de alegría. La abeja, de nombre Zumbelina, era muy trabajadora pero también muy distraída. Campanina rio con ellas, una risa tan contagiosa que hasta una oruga que dormía bajo una hoja despertó y se sumó al regocijo.
El sol del mediodía lastimó sus ojos. Molesta, se caló el sombrero hasta cubrirlos por completo, quedando tan solo su cabello plateado asomando como un río de luz. —¡Oye! No hagas eso —reclamó el sol, que se sentía orgulloso de su brillo y no soportaba que nadie lo evitara—. Sabes que a las brujas nos molesta el sol —respondió Campanina—; por eso amamos la noche, la luna y las estrellas. ¡Tú eres demasiado gritón!
Una nubecilla blanca y viajera, que había escuchado la discusión desde lo alto, se interpuso amablemente entre el sol y la bruja. Y entonces, bajo aquella sombra fresca y cómplice, Campanina sonrió y le dio las gracias a la nube, que se sonrojó volviéndose un tenue color lavanda.
Campanina continuó hasta llegar a un lago azul como un fragmento de cielo caído en tierra. Un sauce llorón de ramas largas y elegantes le ofreció sombra, meciéndose con la cadencia de quien ha aprendido a esperar. Peces de colores asomaban la boca para saludar, ranas verdes cantaban en corro, y unas libélulas se reían del caracol Rayo, que se aferraba a un mechón de cabello de la brujilla.
Al ponerse de pie para marcharse, Campanina perdió el equilibrio y dio dos pasos torpes. Dos tortugas asomaron la cabeza desde el agua, con una lentitud deliberada y unas sonrisas tan anchas que les ocupaban todo el rostro. Se llamaban Lentija y Pausa, y llevaban años en aquel lago sin que nadie las hubiera pisado jamás. —¿Y no se aburren? —preguntó la bruja. —El aburrimiento —respondió Lentija con sabiduría— es solo la velocidad disfrazada de inquietud.
Campanina les habló del mundo más allá del lago: bosques con árboles que contaban historias, campos donde las flores bailaban solas y aventuras en cada esquina. —¡Qué lindo sería conocer eso! —dijeron las tortugas—. Pero somos muy lentas. Cuando llegáramos a la primera colina, ya habría crecido otro bosque encima.
—¡Tengo una idea! —exclamó Campanina saltando de alegría—. Uniré mis botas a sus caparazones y les pondré rueditas. Así rodaremos juntas. ¡Hágase la magia! Y aparecieron cuatro rueditas negras, brillantes como el azabache, debajo de los caparazones de Lentija y Pausa. Con un hechizo susurrado al viento —«Rueda sin prisa, pero sin pausa»—, sus botines quedaron unidos por tirantes mágicos. Desde aquel día, Campanina patinaba por el mundo.
En otro de sus recorridos, cuando el sol pintaba el cielo de naranja y ciruela, llegaron a un valle cubierto por sombras suaves y alargadas que temblaban escondidas detrás de piedras y troncos. Creían que la luz venía a borrarlas para siempre. Habían escuchado historias de sombras devoradas por amaneceres sin piedad, y desde entonces vivían encogidas.
—No tengan miedo —dijo Campanina con voz de arroyo—. La luz no viene a desaparecerlas, sino a acompañarlas. Sin sombra, la luz no sabe dónde termina. Sin luz, la sombra no sabe que existe. Con un soplido tibio, suavizó el brillo del sol; las sombras bailaron sobre el suelo y comprendieron que aquello que parece oscuro solo necesita un poco de comprensión para sentirse seguro.
Otro día, rodando entre colinas de margaritas y tomillos, llegaron a un antiguo puente de madera que se bifurcaba en dos caminos: uno ancho, recto y transitado; el otro angosto, curvo y cubierto de flores silvestres. —¿Cuál tomamos? —preguntaron Lentija y Pausa.
—No siempre el camino más fácil es el que más enseña —respondió Campanina—. La magia no está solo en llegar, sino en lo que descubres mientras avanzas. Tomaron el sendero angosto y descubrieron mariposas azules como pedazos de cielo nocturno, fósiles diminutos junto al río y un claro donde crecía un árbol de frutos dorados que sabían a caramelo y a recuerdo feliz.
Una clara mañana llegaron a un jardín donde todo se movía con una lentitud asombrosa: las hojas caían despacio, las flores tardaban minutos en abrirse y el agua flotaba sin caer. En medio, un anciano caracol de concha agrietada intentaba cruzar un sendero de piedra, pero cada vez que avanzaba un milímetro, alguien pasaba corriendo con prisa y el caracol se escondía asustado. —El tiempo se ha detenido porque nadie respeta el ritmo de este lugar —explicó Campanina.
La brujilla se sentó en el suelo a esperar junto al anciano caracol. Simplemente estuvo allí, con paciencia. Al caer la tarde, el anciano caracol avanzó su último milímetro y cruzó el sendero. En ese instante, el tiempo volvió a fluir con armonía natural. —Cada quien necesita su propio ritmo —dijo Campanina sonriendo, mientras Rayo sentía un orgullo profundo por su especie.
Y así, Campanina siguió patinando por el mundo. Sus botas unidas a Lentija y Pausa recorrieron praderas, valles y montañas que roncaban al dormir. Las tortugas descubrieron que rodar no significaba perder su esencia reflexiva, y Rayo aprendió que la lentitud no es un defecto, sino una forma de ver el mundo con más detalle.
Campanina comprendió que la magia más poderosa enseña a convivir con respeto, paciencia y alegría. Si alguna vez ves rodar dos tortugas junto a una brujilla de falda verde y cabello plateado, detente a saludar: porque el mundo, si se mira con los ojos de Campanina, nunca termina de comenzar.