Por un accidente de avión, las dos hermanitas protagonistas de esta historia —en la que el destino tiene un papel estelar— quedaron huérfanas desde pequeñas y al cuidado de la hermana de su madre. Aunque fueron “incluidas” en aquella familia desde su llegada a la casa, siempre existieron distingos y exclusiones afectivas.
Esto apresuró que, tan pronto alcanzaron la mayoría de edad, decidieran independizarse de quien les había dado cobijo durante catorce o quince años aproximadamente. Leda y Kasandra, la mayor, emocionadas, se instalaron en un pequeño departamento que pudieron adquirir luego de vender la vieja casa que había quedado para ellas tras el fatídico accidente en el que sus progenitores trascendieron.
Debido a que sus estudios se habían limitado al nivel de preparatoria, se vieron obligadas a tomar decisiones urgentes sobre sus vidas y sobre la administración de los recursos obtenidos por la venta de la casa y otros objetos de la herencia paterna. Estudiar quedó descartado. No podían darse ese lujo ni arriesgar tiempo y ahorros.
Resultaba más urgente generar ingresos que les permitieran vivir con dignidad; más adelante, cuando las condiciones lo permitieran, podrían estudiar una carrera o decidirlo según se presentara el momento. Fue entonces cuando el familiar ruido de voces y el ir y venir de los marchantes mañaneros del mercado, cuya cercanía al departamento —ubicado en una segunda planta— les proporcionó la idea. —Seamos comerciantes —propuso Leda. —Empresarias —corrigió Kasandra riendo—. Hay que pensar en algo grande, hermana. ¡Empresarias!
Ambas festejaron la idea. Pronto su propósito encontró respuesta. Kasandra bajó al mercado a comprar fruta y verduras del día y ahí se enteró del cierre de uno de los locales más vistosos del corredor principal. El dueño, un anciano, había decidido cancelar su negocio de cerámica por cansancio y vejez. Sin pensarlo, subió de prisa al departamento para aprovechar la oportunidad.
En pocos días resolvieron trámites y contratos. Felices, dedicaron una semana a desplegar su creatividad. Nuevos y coloridos anaqueles lucían en los muros y rincones de la tienda. Incluso obtuvieron autorización para abrir una puerta adicional al frente, dando mayor fluidez al negocio.
El rubro estaba decidido: artesanías de México, de todos los estados, especialmente del sur, sin discriminar las del norte, como las de Sonora, Durango y Chihuahua, incluida la cerámica de Mata Ortiz, además de cestería y fibras. —Tendremos miniaturas —dijo Leda—, sillitas de madera. —Y se llamará La Sillita —respondió Kasandra.
El nombre quedó decidido. La tienda prosperó rápidamente. Un área completa quedó dedicada a sillitas de distintos tamaños y usos: para niños, para el Niño Dios y decorativas. El plástico quedó prohibido incluso para el embalaje. La Sillita fue rebasada por la demanda. Turistas y compradores llegaban preguntando por ella. Las hermanas viajaban constantemente para surtirse.
Un día les hablaron de una anciana artesana de Mineral de la Sierra, famosa por elaborar pequeñas sillitas de tres colores que, según se decía, cumplían deseos. Intrigadas, decidieron visitarla. Doña Bernarda las recibió en su cabaña rodeada de encinos y pájaros azules. Sobre una mesa de madera mostró sus creaciones: juguetes, figuras y, finalmente, las sillitas de tres colores: rojo, verde y azul.
—Llévenlas —dijo la anciana—. La explicación vendrá después. De regreso en la tienda, las sillitas despertaron curiosidad. Pronto comenzaron a venderse con éxito. Kasandra explicaba a los clientes: —La roja atrae el amor, la verde la abundancia y la azul la bondad.
Las ventas aumentaron. Sin embargo, algunos clientes regresaron con dudas: a unos les fallaba la abundancia, a otros el amor. Intrigadas, Leda y Kasandra regresaron con Doña Bernarda. —Las sillitas no son fantasía —les dijo—, pero requieren cuidado. Deben recibir sol, viento y luz de luna. Deben estar limpias para que sus ocupantes no se marchen. Y algo más… les darán un regalo.
Las ungió con humo de hierbas y les confió el secreto. De vuelta en La Sillita, las hermanas explicaron a los clientes el verdadero cuidado de las sillitas. Quienes atendieron las indicaciones vieron restaurado el equilibrio en su vida. Desde entonces, el amor, la abundancia y la bondad encontraron siempre un lugar donde sentarse.
Tiempo después, nadie sabía cómo explicar cuándo comenzaron a aparecer más sillitas. No llegaron todas juntas ni fueron anunciadas. Simplemente estaban ahí, ocupando espacios discretos: junto a una pared, bajo una ventana, en el centro exacto de la exhibición de las dos hermanas que parecía haberlas estado esperando.
No eran sillitas comunes. Ninguna coincidía del todo con otra. Algunas eran altas y rectas; otras, bajas, casi humildes. Había sillitas infantiles, sillitas con respaldo gastado, sillitas firmes como si hubieran sostenido largas conversaciones. Leda y Kasandra comprendieron pronto que no habían llegado para ser usadas, sino para guardar un antiguo secreto.
Coleccionar sillitas no era una tarea sencilla. Requería atención, paciencia y, sobre todo, respeto. Cada una parecía exigir su propio lugar, su propia distancia del resto. Nadie se sentaba en ellas sin permiso, porque las sillitas no sostenían cuerpos: sostenían esperas.
Con el tiempo, las hermanas descubrieron que cada sillita estaba vinculada a una ausencia específica. Una madre que no regresó a tiempo, un visitante que se fue antes de terminar su historia, un niño que creció demasiado rápido. Las sillitas no reclamaban nada; solo permanecían, fieles al espacio que habían cuidado.
Una tarde, al mover una sillita antigua —la que tenía una pata ligeramente más corta— apareció detrás de ella un gabinete oculto. Dentro, pequeños relojes latían con un pulso irregular. Colocaron la sillita frente al gabinete. En cuanto lo hicieron, los relojes comenzaron a marcar tiempos distintos. Comprendieron entonces que cada sillita guardaba una forma de medir el tiempo: no en horas, sino en momentos vividos.
Había sillitas que marcaban despedidas, otras, silencios prolongados, otras más la ilusión de una visita que nunca ocurrió. Desde ese día, Leda y Kasandra supieron que mover una sillita era alterar el ritmo de un recuerdo.
En una habitación lateral apareció una vitrina pequeña. Dentro, palabras escritas en papeles frágiles parecían descansar. Frente a ella colocaron una sillita infantil. Cuando alguien se sentaba cerca, una palabra despertaba sin pronunciarse: “todavía”, “quizá”, “algún día”. Las sillitas no solo sostenían esperas, sino también lenguajes que no encontraron su momento y buscaban contar un secreto al que se sentara en ellas. No intentaron rescatar esas palabras. Sabían que algunas solo existen para acompañar, no para ser dichas.
El espejo llegó una mañana sin reflejar nada. Lo colocaron frente a una sillita vacía. Quien se sentaba ahí no veía su rostro, sino una sensación persistente: la de haber sido importante para alguien. La sillita parecía recordar mejor que el espejo. Juntos, guardaban la memoria de quienes ya no estaban, sin exhibirla. Era una sillita vacía que no representa abandono, sino presencia suspendida.
Esa noche, las sillitas crujieron suavemente. No se movieron, pero algo en ellas despertó. Cada una soñó con la persona que alguna vez la necesitó: alguien cansado, alguien atento, alguien que esperó con paciencia. Leda y Kasandra no durmieron. Permanecieron acompañando el silencio, entendiendo por fin que su labor no era acumular objetos, sino cuidar los lugares donde alguien había sido importante.
Al amanecer, todo volvió a la quietud. Las sillitas permanecieron en su sitio, discretas, fieles. Nadie las aplaudió, nadie las compró. Sabían que algunas sillitas llegarían con el tiempo, y que otras, tal vez, algún día comunicarán sus experiencias del pasado. Si no estás cerca de La Sillita, busca tres sillitas, píntalas de rojo, verde y azul, dales intención y permite que tu vida se llene de equilibrio y sabiduría.