La música inició con suaves acordes. Los invitados, a la expectativa, vieron cómo se abrió el cortinaje y los reflectores iluminaron al gran empresario, llevando de la mano a su hija. Ella lucía un vestido de gran diseño, pero su expresión no coincidía con la elegancia del atuendo: una sonrisa apenas dibujada en sus labios y ojos inexpresivos, lo que no pasó inadvertido entre los invitados. Así comenzó la fiesta de sus quince años, donde los protagonistas fueron la ostentación, el exceso de luces, adornos, miles de flores y un gran pastel junto a la mesa de honor.
Merlina solo deseaba un festejo sencillo con sus amigos de la secundaria. Su peor padecimiento era ser la única hija del millonario empresario dueño de la mayoría de los bancos y empresas del país. Desde niña, sin embargo, Merlina guardaba un secreto mágico: el mar la llamaba en sueños. Las olas le susurraban melodías que solo ella podía escuchar, y en su cuarto, escondido bajo la almohada, guardaba un pequeño caracol que, al acercarlo al oído, no reproducía el rumor del océano, sino palabras cálidas y cantos de sirena lejana. Su nana Mona le había regalado ese caracol cuando era pequeña, diciéndole que provenía de un lugar donde el agua era viva y la magia, real. Su madre, mujer sumisa y dócil ante el autoritarismo del padre, dejó a Merlina sin cuidados ni amor, delegándolos todos a Mona, la mulata que, siendo muy joven, fue elegida como nodriza y nana por demostrar su capacidad para criar a la recién nacida.
Pasados los festejos de sus quince años, la gran mansión regresó al silencio y la frialdad que la caracterizaban. Los pasos apresurados del personal eran los únicos sonidos audibles; cuando estos abandonaban la casa con el patrón, un silencio absoluto lo envolvía todo. En las noches, Merlina se asomaba a su ventana y, con el caracol pegado al oído, imaginaba que las luces distantes de la ciudad eran estrellas reflejadas en un mar invisible.
La joven rica esperó ilusionada el final de aquellos días ruidosos para regresar a la secundaria. Aún con su restringida libertad, la escuela era un respiro en su vida; sus compañeros, tareas y profesores oxigenaban sus mejores horas. Era lunes. El día lucía esplendoroso. Ella abordó el auto; el chofer, ceremonioso, indicó a los guardaespaldas iniciar el viaje. Pasaron los minutos. El silencio habitual del viaje se interrumpió con un frenado brusco ante un semáforo que repentinamente se puso en rojo. Ella no se alteró ni respondió al chofer cuando este se disculpó; se limitó a volver la vista hacia la acera, donde una multitud esperaba para cruzar la avenida. Fue entonces cuando sus ojos se encontraron… Se miraron fijamente, sin apartar la vista. El imán emocional mutuo fue muy fuerte. Homero, con su mochila a la espalda, quedó petrificado, fascinado por la casualidad de que un auto tan elegante se detuviera tan cerca y por haber encontrado aquellos ojos de mujer tan bella. Merlina se ruborizó, pero no pudo dejar de ver ese rostro encantador con el cabello cayendo sobre su frente… El momento mágico se rompió cuando el semáforo cambió de color. Homero permaneció sin intentar caminar, siguiendo con la mirada el auto donde aquella mujer lo había impresionado tanto…
Pasos apresurados lo apremiaron a avanzar. La oleada de estudiantes, todos con premura por llegar a tiempo, se dirigía a la secundaria, que ya se alzaba frente a ellos: un gran edificio gris con ventanales y escalinatas descomunales. En segundos, Homero, entre varios estudiantes con la misma premura, llegó al corredor donde se impartía álgebra. Apresuró el paso para alcanzar la entrada, y una chica hizo lo mismo, provocando que ambos se detuvieran para evitar chocar. Él, caballerosamente, al ver que era una chica, le cedió el paso con un gesto amable.
Ella, sonriendo y algo ruborizada, le dio las gracias y alargó sus pasos en busca de una banca libre; solo quedaban tres al fondo del salón. Ocupó una y, al ordenar sus libros, él ya estaba a su lado. Ambos se miraron y rieron por la casualidad de encontrarse de nuevo tan cerca. Él, amable, le tendió la mano: “Soy Homero, ¿qué tal?”. Ella sintió un ligero apretón en la suya y le dijo su nombre: Merlina. Durante la clase, él estuvo muy activo; intervino varias veces, comentando con el maestro diferentes procedimientos en el álgebra de alto nivel que caracterizaba el curso. Terminó la clase —se escucharon las palabras del maestro—, y todos los alumnos, presurosos, comenzaron a desalojar el aula. De pronto, solo unos cuantos quedaron, entre ellos Homero y Merlina. Ella le comentó sus dificultades con ciertos ejercicios y ecuaciones; él, sin pensarlo, vio la oportunidad de mantenerla cerca y se ofreció presto a despejar sus dudas.
Era inevitable que el amor fluyera entre ambos. Pronto, con el pretexto de tareas o cualquier otra cosa, hicieron de una parte de los jardines de la secundaria su punto de reunión. Él no insistió más cuando ella ponía pretextos para no salir a la nevería, al cine o a la plaza. Hasta que ella no tuvo más remedio que explicarle lo que tanto había guardado: que era hija de un hombre poderoso y millonario, pero también represivo y autócrata, que la controlaba en todo momento a través de sus hombres de confianza, entre los cuales el chofer era el principal colaborador en su vigilancia.
Una tarde, mientras paseaban cerca de una fuente, Merlina le confesó algo más: su conexión con el mar. Le habló de los sueños, del caracol que cantaba y de la certeza de que, algún día, el océano sería su hogar. Homero la escuchó con asombro, pero sin duda; en sus ojos vio la verdad de una magia antigua. Él mismo, hijo de un pescador, sentía una atracción similar por las olas, aunque nunca la hubiera nombrado magia. El enamorado muchacho quedó sorprendido; nunca imaginó que ella fuera la protagonista de una historia tan dolorosa y mágica a la vez. Sintió impotencia y temor por no poder tenerla segura en su vida, un temor que no tardó en hacerse realidad.
Esa tarde, al regresar a la mansión, sus tres gatos la recibieron. Se tiró al pasto jugando y abrazándolos antes de entrar al interior. “¡Niña!” La voz apremiante de Mona la obligó a incorporarse y acudir a su encuentro. “Nana, ¿qué pasa?”, preguntó sorprendida. “Tus padres te esperan en el salón oval. ¡Apúrate!” Pronto estuvo recorriendo con premura los largos corredores de piso de mármol; sus pasos resonaban en el silencio, hasta llegar a la gran puerta de roble que, entreabierta, la esperaba.
“¡Ah, mira! Aquí tenemos a la niña que ya quiere devorar el mundo”, habló el padre, dejando el puro sobre un cenicero. “No fue difícil adivinar… ¡Habría sido descubierta!… No había ninguna otra razón.” Sorprendida, Merlina buscó la mirada de su madre con un grito de auxilio apagado en el intento. La esperanza se congeló ante el rostro de su madre, inexpresivo como una escultura de cera, con ojos semejantes a los de un maniquí de escaparate… muertos… fríos… Su padre continuó: “Mis asesores tienen todo listo para que, sin interrumpir tus estudios, recibas aquí tus clases. Ya se ha acondicionado un salón con lo necesario.” La chica sintió que el mundo se derrumbaba sobre ella, con mares y montañas. Su corazón latía con fuerza; pidió ayuda a su cerebro para ocultar sus emociones. “¡Ni una lágrima le mostraré!”, se dijo a sí misma. En silencio, solo hizo un leve movimiento de cabeza y abandonó el lugar sin mirar a ninguno de los dos.
Corrió hacia los aposentos de Mona, quien la esperaba. Se abrazaron, y la nana amorosamente vertió las palabras sabias que siempre tenía para ella. “Tranquila, nena mía, verás que cosas buenas vendrán. El mar te espera, y no estará solo.” Era el mes de junio; el verano estaba próximo. Era la temporada en que la familia se trasladaba a la mansión de la playa privada del magnate. Allí, aunque en absoluta soledad, ella tenía libertades que le permitían oxigenar su vida.
Antes de que eso llegara, al saber que no acudiría más a la secundaria y que no vería a Homero, quien estaría desconcertado por su ausencia sin explicación, le rogó encarecidamente a su nana—bruja que, por favor, enviara al amor de su vida “un olvido” que borrara totalmente el tiempo vivido con él. Entonces surgió la bruja: la hechicera que era Mona. Guardaba celosamente su don de magia buena, del que nadie más sabía; solo Merlina, quien sutilmente había recibido conocimiento de su nana, había podido así sobrellevar su triste destino de hija del desamor de sus padres. Pero esta vez, Mona sonrió con misterio: “No borraré su memoria. Le enviaré una llamada. Él también tiene sal en la sangre”.
El calendario desprendió la siguiente hoja del mes. En la mansión de los Villalba había mucho movimiento: en dos camiones cubiertos y descomunales se cargaban cajas, muebles y cientos de cosas que serían llevadas a la mansión de las playas privadas de la familia. Mona supo que era el momento de tomar decisiones. Había sido testigo de cómo la luz de la felicidad se apagaba en el corazón de su niña. Cuando la tuvo frente a ella, le mencionó su propuesta y lo que había pensado y decidido. “Decidida”, contestó Merlina, encendiendo su mirada con la respuesta. “Hecho está”, concluyó la nana. Y continuaron ordenando lo que iría con ellas a la mansión de la playa.
La última tarde que permanecieron en la ciudad, Mona llamó a Merlina a sus aposentos. Ahí, sobre la mesita de noche, la maga—bruja le depositó unos granos de cacao en las manos. Merlina los tuvo entre sus manos, junto al pecho, y se los devolvió a la nana, quien con destreza los lanzó sobre la mesita y comenzó a descifrar el mensaje del cacao. Cada palabra penetraba en la mente de la bella chica, que procesaba con profunda concentración. Al final, recibieron la respuesta esperada; ambas coincidieron con los mensajes recibidos. La visión fue clara: Homero llegaría al mar guiado por un sueño. Entonces, la mulata se dirigió a su mueble de madera, donde en el primer anaquel había un pequeño envoltorio de tela blanca con un cordón dorado. Ambas mujeres fijaron sus ojos en él; la nana indicó a su niña que tomara el objeto en sus manos y se hiciera cargo de él a partir de ese momento. “Está decidido, decidido está, será un hecho sin retorno” fueron las palabras con que culminó su encuentro.
Mientras tanto, Homero, en la ciudad, comenzó a soñar con el mar cada noche. En sus sueños, veía a Merlina nadando entre criaturas luminosas, llamándolo con una canción que resonaba como el caracol que ella una vez le describió. Una mañana, despertó con una concha marina bajo su almohada —un regalo de Mona, sin que él supiera cómo— y supo que debía partir.
El amanecer era esplendoroso. Mientras, la ruidosa descarga de los camiones, el ruido y movimiento del ejército de servidores encargados de dejar todo en su lugar para el confort de los meses que la familia permanecería en las playas —que, unidas entre sí, sumaban una gran extensión del mar—, el gran yate en el embarcadero lucía la bandera ondeando con las iniciales del poderoso millonario: “MV”. El padre, que viajaba con frecuencia a la ciudad en su helicóptero, se ausentaba tanto que a menudo no se percataba si estaba o no en casa. La madre pasaba horas en el salón de gimnasio y belleza. Por eso, Merlina se mantenía cerca de la playa, donde la distancia hacía casi desaparecer la casona. A veces, Mona la acompañaba, haciéndose cargo de los alimentos y lo necesario para que pasaran las horas con tranquilidad.
Entre fiestas organizadas por sus padres, días de sol, paseos en el yate y días de pesca, el verano estaba por llegar a su fin. Con él, llegaba la hora de que la nana y Merlina hablaran sobre lo que meses atrás habían acordado. “Eres libre de tomar tu decisión”, le dijo Mona con voz pausada. “Date un día, si quieres, para tener la respuesta. Solo ten en cuenta que, en menos de dos semanas, estaremos de regreso en la ciudad”. “Nada tengo que pensar, querida nana. Está decidido”, fue la respuesta de la bella chica. “Elige la hora, el día y el lugar”.
Ese fin de semana hubo mucha fiesta. Los padres de la chica permanecieron en las albercas próximas a la playa, con bellas enramadas que brindaban sombra generosa y coloridos toldos. Solo se veían esporádicamente a los sirvientes llevando y trayendo charolas; los hombres de servicio, distantes y ocupados en varias actividades, apenas se divisaban entre la vegetación del verano lluvioso. Retiradas de la casona, Mona y Merlina estaban muy próximas al oleaje, donde la arena se acumulaba entre sus piernas. Hablaban mientras manipulaban la bolsa de playa de la chica, y entre sus manos apareció de nuevo el paquetito blanco con cordón dorado. Los gatos dejaron de ronronear sobre la toalla en la arena para juguetear con el dorado cordoncillo que se movía cuando la mulata lo abría por las puntas… Extrajo su contenido y lo depositó en las manos de su niña de siempre.
Esta, sin titubear, ingirió con gran decisión la pócima verdosa de un pequeño frasquito que Mona había sacado del envoltorio blanco. Merlina tomó un gotero y aplicó a cada uno de sus gatitos una porción del mismo líquido. Luego, lentamente, abrazó a su nana. El mar, en absoluta quietud, dejó de rugir. Las olas se alejaron hasta dejar la superficie del agua, que generosa mostró sus tres colores: verde, azul índigo y magenta, y quedó en suave movimiento. La nana se sentó a la orilla, observando cómo su niña lentamente penetraba en las cálidas aguas del mar, seguida por sus tres gatos que, sin temor al agua, se perdían en lo profundo de los tres colores.
Merlina, con el agua a los hombros, continuó perdiéndose en las inmóviles aguas… Fue entonces cuando, desde la lejana casona, el padre, sorprendido, vio cómo su hija desaparecía en el mar y Mona, inmóvil, no hacía nada para impedirlo. Gritó hacia ella, pero Mona continuó inmóvil. La madre envió a todos los empleados al alcance de sus gritos; estos corrieron hacia donde se dirigía el patrón. Éste llegó hasta Mona y, furioso y aterrado, le exigió y gritó. Pero entonces, Mona volvió a mirarlo con ojos de ave y un gran pico en lo que ya no era su rostro. Dio un picotazo al padre de Merlina, extendió sus brazos —que ahora eran alas— y emprendió el vuelo convertida en una gran gaviota que, graznando fuertemente, se perdió en la lejanía.
Varios empleados se lanzaron al mar en busca de la hija del patrón. Buenos nadadores, se sumergieron hasta donde les fue posible sin equipo adecuado, pero todo fue inútil. Cuando el sol se perdía en la lejanía, en la orilla de la playa se formaba un caos de voces, lamentos y gritos que poco a poco se fue apagando en silencio. Uno de ellos, conocido como gran buzo y nadador, permaneció callado. Al día siguiente, desapareció de la finca. No se explicaron su comportamiento: ¿era por pena por lo sucedido? ¿O por no haber logrado salvar a la niña?… En un paraje entre palmeras, en una pequeña choza, apareció el empleado desertor. Su madre, extrañada, lo recibió: “¡Hijo! ¿Qué haces aquí a esta hora? ¿En qué llegaste? ¿Quién te ha traído?”. Muchas preguntas y total silencio. Pasadas unas horas, el chico habló con su madre: “Madre, no estoy loco, te lo juro… Vi cómo la hija del patrón se perdió en el mar. Yo hubiera podido salvarla, pero casi me ahogo al ver lo que pasó ahí en lo profundo… La muchacha estaba viva, sonreía. Me sonrió y con señas me indicó que me fuera, que no me acercara a ella”.
“¡Cómo! Me estás mintiendo, hijo, eso no puede ser.” “Sí, madre. Además, ella tenía ya medio cuerpo de sirena, y sus tres gatos eran mitad gato y mitad pez. Pero eso no es todo: detrás de ella, entre las algas luminosas, apareció un joven con cola de delfín, tomándola de la mano. Los dos se alejaron nadando juntos, felices, hacia un arrecife de corales brillantes. Tenía el rostro de ese muchacho que a veces venía al pueblo, el estudiante… Homero, creo que se llamaba. Él también se había transformado. Y lo peor… cuando salí de las aguas hacia la playa, vi con mis propios ojos cómo la nana de la niña se convirtió en gaviota y, antes de elevar el vuelo, picoteó el rostro del patrón, que trató de golpearla. Madre, no volveré ahí. No quiero enfrentarme al patrón; él es muy cruel. Y… sé que la señorita está feliz ahí en el mar, convertida en sirena junto a sus gatos y acompañada por su amor. Podría asegurar que la nana era una bruja, y que la ahora sirena, con sus gatos, también lo es.” Bajo el mar, en un reino de corales irisados y aguas templadas, Merlina y Homero vivieron su eternidad. Él, con su cola de delfín plateada, y ella, con su cola de sirena entre verde y añil, exploraban grutas de cristal, nadaban con bancos de peces luminosos y descansaban en lechos de perlas. Los tres gatos, ahora criaturas marinas juguetonas, los seguían a todas partes. Mona, desde los cielos como gaviota guardiana, velaba por ellos, visitándolos en las lunas llenas, cuando la magia permitía que los mundos se rozaran. Y así, lejos de la opresión y el ruido del mundo terrestre, encontraron por fin la libertad en el abrazo salado del océano, donde el amor y la magia tejieron para ellos un destino sin fin.