Esa mañana, el viento ligero y fresco acariciaba el rostro de los pobladores que, temprano, iniciaban sus tareas en las calles de aquel pueblito. Las calles empedradas y los angostos callejones, con sus coloridas fachadas, parecían darse los buenos días a través de pequeñas ventanas sonrientes.
Con frecuencia —aunque no todos los días— los vecinos solían ver pasar a una esbelta chica montada sobre un gracioso burrito gris de orejas fantásticas y ojos expresivos. Ambos, dama y jumento, resultaban estrafalarios: llevaban botas de tacón y medias a rayas.
Al principio, las risas de los pobladores no se ocultaban cuando los veían pasar. Además de esa peculiaridad, la joven de cabellera rizada vestía una extraña falda de muchos vuelos que barría el suelo al ritmo del paso del animal. Ella, por su parte, cuidaba que los numerosos gatos que la acompañaban permanecieran en su lugar sin caer al piso de piedras.
Zaratina —así se llamaba la peculiar mujer— lucía además un gran sombrero negro de copa picuda, por lo que los lugareños sospechaban que se trataba de una bruja. Lo comentaban con cautela y discreción: «No vaya a ser que sí lo sea y nos haga víctimas de algún hechizo». A ella le tenía sin cuidado lo que pensaran; aquellos paseos tenían una noble misión.
—¡Fuera! —una voz estridente rompió los pensamientos de la muchacha de las medias a rayas. Una mujer en bata y desgreñada gritaba mientras arrojaba a la calle a un pequeño gatito. Aterrado, el animal se hacía bolita bajo la banqueta y cerraba los ojos cuando unas delgadas y blancas manos lo levantaron del suelo.
Zaratina le acarició el lomo con suavidad: «No temas, estás a salvo». Luego lo acomodó entre los pliegues y vuelos de su falda, junto a otros que permanecían tranquilos, en plácido ronroneo, continuando su camino hacia las afueras del caserío.
Zaratina era una bruja buena. Si la veían cargada de gatos era porque había hecho una promesa en el último Aquelarre de brujas luminosas: rescatar, defender, alimentar y amar a todo gato despreciado, maltratado o abandonado.
Cada martes o viernes 13 realizaba su recorrido consultando a su oráculo mágico, que le revelaba dónde había gatitos en desamparo: tirados en basureros, arrojados al río en bolsas, o dejados en caminos solitarios. Rauda sobre su pollino, los localizaba y salvaba.
Como fiel asistente, Zaratina contaba con un duende que un día se puso a sus órdenes. Poseía el don de una brújula mágica para rastrear a quienes cometían actos crueles contra los animales.
—¡Excelente! —exclamó la bella bruja—. Te llamarás GPS y te encargarás de localizar a todas esas personas. Así pasaron los meses y, en la granja de los gatos, crecían las camitas, comederos y bebederos por doquier.
En el sótano de los brebajes y pócimas —donde un caldero humeante nunca descansaba—, Zaratina y GPS revisaban una larga lista de nombres. —Este obrero arrojó su camada de gatitos al río... cuatro hermanitos negro con blanco.
—Yo preparo el hechizo y tú realizas el lanzamiento con tu localizador automático —dijo Zaratina—. ¡Listo! Este hombre no parará de tener comezón desesperada en su axila izquierda.
—La siguiente es la mujer en bata y despeinada... —anunció GPS. —¡Excelente! Calcetín de ciempiés, sudor de cucaracha, piel de culebra corredora y pelos chamuscados... ¡ZAAAZ! ¡Dirige este sortilegio, GPS!
—¡Ya está! Esa señora tendrá que lidiar con su dedo índice diciendo “no” y “no” todo el tiempo —Zaratina rio suavemente mientras los hechizos salían veloces por el tiro de la chimenea en destellos grises y rayos peludos.
Al anochecer, agotados pero felices, revisaban que cada gato descansara en su camita con agua fresca, madejas de estambre y pequeños cascabeles.
Al amanecer, Zaratina cepillaba con ternura a su burrito, quien saboreaba el momento entrecerrando sus expresivos ojos y mostrando sus largos dientes en una enorme sonrisa. Luego, invitaba a los gatos que quisieran acompañarla de vuelta al pueblo.
Era mediodía en el mercado. En el puesto de verduras había un gran alboroto: —¡Señora, sea seria! ¿Quiere o no un kilo de cebolla? —exigía el vendedor frustrado.
La mujer, ahora peinada y sin bata, no sabía qué hacer: con la cabeza decía que sí, pero su dedo índice negaba frenéticamente sin control. Zaratina sonrió complacida y acarició las orejas de su borriquillo.
En la plaza, el médico discutía desesperado con el obrero: —¡Ya no sé qué recetarte! Pomadas, ungüentos, tónicos... ¡ni sé qué tienes! —¡Doctor, me sale sangre de tanto rascarme la axila! ¡Se me va a desprender el brazo!
«Quizá así no vuelvas a lastimar a una criatura indefensa», pensó la brujita. Con una sonrisa serena, apremió a su burrito para regresar a la granja, satisfecha de la impecable puntería mágica de GPS.
La historia de Zaratina y su burrito de ojos expresivos se convirtió en leyenda por todos los callejones. Ya nadie se atreve a maltratar a un animal en aquel pueblo.
Ahora, cuando la bruja pasa montada en su pollino con sus medias a rayas y su cortejo de gatos, los vecinos se inclinan con reverencias de profundo respeto. Comprendieron que, mientras ella cabalgue por esas calles, la crueldad no tendrá lugar, y el amor por los más vulnerables mantendrá al mundo girando con alegría.