Había una vez, en un pueblo pequeño de calles empedradas, una colina misteriosa sobre la cual se erigía una cabaña singular. En el pueblo vivía Gilito, un niño de ocho años, junto a su abuelo, un viejo y sabio zapatero que pasaba los días martillando suelas y cosiendo pieles en su modesto taller.
Nadie sabe mucho de ellos debido al hermetismo del anciano, hombre de pocas palabras. Tan callado es que a su nieto le ha negado las respuestas que el niño requiere, situación que ha hecho de Gilito un niño taciturno, callado y retraído.
Cada mañana toma el camino a la escuela, que va paralelo a la colina, donde la pequeña cabaña despierta siempre una poderosa curiosidad en el nieto del zapatero. Fantasea y el deseo de verla de cerca crece en su interior, pero al final olvida cuando la tristeza se apodera de él, al recordar a su abuelo, reacio a contestar sus preguntas.
—Abuelo, ¿yo tuve papás y hermanos? —¿dónde estuvimos antes de llegar aquí? El viejo calla unos minutos... —No seas preguntón, aprende a ser respetuoso y no preguntes más —contesta el abuelo—. Una respuesta dura que golpea un corazón de niño.
El viernes, último día de clases de la semana, la maestra anuncia la suspensión de labores por reparaciones escolares. Todos festejan, pero Gilito, en su habitual silencio, concibe una idea emocionante:
—¡Sí! —pensó—. Es mi gran oportunidad. Decidió dar vuelta por la vereda que subía a la cima de la colina, hacia esa cabaña que tanto le inquietaba.
En unos quince minutos estuvo justo bajo la ventana abierta de la choza. Colocó una piedra para intentar asomarse, cuando una voz dulce y amable lo sorprendió: —Hola, pequeño —dijo una mujer alta de hermosa cabellera rosa con movimiento propio.
Gilito, asombrado, titubeó: —Soy Gilito... solo quería saber quién vive en esta cabaña.
—Ah, mira, somos casi vecinos —contestó la dama—. Ven, pasa. ¿Cuántos años tienes? —Tengo 8 años y vivo con mi abuelo zapatero... a él no le puedo preguntar nada, pero a ti sí, ¿verdad?
—¡Por supuesto! A mí sí me puedes preguntar —exclamó ella, invitando al niño a entrar a su luminoso salón.
Ahí estaba, justo bañado por el sol, el pedacito de mar, con su intenso azul verdoso y silencioso oleaje, suspendido en la nada como si tuviese vida propia, arrojando gotitas cristalinas en el rostro de Gilito.
El niño quedó maravillado ante aquel prodigio marino que desafiaba la gravedad y llenaba la estancia de frescura oceánica.
—Soy Azulosa Añil, dueña de este pedacito de mar —se presentó sonriente. En la cabaña, un búho de ojos dorados giraba su cabeza y un gato negro se acomodaba plácido en su cajita de madera.
—¡No es un sueño, es una realidad! —dijo Azulosa—. Este será nuestro secreto compartido.
—Mi pedacito de mar es mágico y te ha elegido para concederte un gran deseo —explicó Azulosa—. Pide con el corazón.
Gilito reflexionó unos momentos: —¿Crees que pueda hacerme un niño feliz, capaz de reír y cantar? —¡Claro! Él es especialista en armonizar emociones y curar tristezas.
Azulosa sacó una caña de pescar con un anzuelo de oro y un gusanito de seda: —Cierra tus ojos, repite tu petición tres veces en voz alta y lanza la carnada.
El niño lanzó la línea con el corazón encendido de esperanza. Tras unos minutos de expectación, la caña dio un tirón suave.
Azulosa jaló la caña y extrajo dos pegatinas mágicas: un corazón rojo luminoso y una gran sonrisa brillante. Las colocó en el pecho y labios de Gilito.
Al instante, un calor dulce brotó del pecho del niño y una risa cristalina floreció en su rostro: ¡su corazón latía con renovada alegría!
Gilito ya no es el niño triste que miraba el mundo desde la sombra. Ahora, cuando camina por las calles empedradas, sus ojos reflejan el azul profundo del océano y su risa suena como el romper de las olas en la orilla.
El pedacito de mar de Azulosa se ha fundido con el alma del niño, convirtiéndolo en un faro de alegría. Es el secreto mejor guardado del pueblo, recordándonos que transformar la existencia en belleza es el hechizo más poderoso.