Entre la bruma del amanecer, una casona con la fachada semidestruida por el tiempo —que, en contubernio con los vientos, la lluvia y el sol, ha borrado su color— deja ver solo seis ventanas cerradas, confundidas en la ausencia del antiguo colorido, únicas conocedoras de la historia del inmueble. Solo la entrada de la planta baja permanece abierta desde que el alba aparece hasta el anochecer.
A poca distancia del caserío del pueblo “Cerro Picudo”, nombre que ostenta por la gran montaña que lo limita con el azul del cielo, se erige a la orilla un gran pico de piedra. Los pobladores lo describen como una mole descomunal de más de ochocientos metros, que ofrece belleza en su vegetación y un gran ojo de agua en la base, formado por pequeños manantiales que, cual cortina de cascadas, deleitan a los habitantes. Este lugar se ha convertido en el parque natural preferido los domingos, días festivos o cuando el deseo llama.
La vieja casona entra en esta historia por varias razones. Se ubica en la angosta calle que lleva al ojo de agua del Cerro Picudo, por lo que los pobladores no han podido evitar percatarse de la repentina presencia de una mujer pálida, extraña, alta y esbelta, con una gran cabellera recogida sobre la nuca. Impasible, sentada junto a una ventana donde un cesto rebosa madejas de hilo blanco plateado y brillante, ella entrelaza una hebra con sus delgados dedos, moviéndolos con gran rapidez. Una tira de tejido se va acumulando en montones sobre el piso de baldosas grises del largo salón que parece servirle de vivienda.
Cristalina —así se llama— no alza la mirada hacia quienes pasan por la banqueta, quienes, extrañados, no han dejado de acumular juicios sobre ella.
Cada atardecer, cuando el último rayo de sol se oculta tras la gran montaña...
—cuya silueta dibuja la figura de una mujer dormida—, el pico, inmutable, vela su sueño. Ella entonces cierra los postigos de su ventana, retira a sus dos gatos, que plácidos permanecen siempre en el alféizar junto a las madejas de hilo plateado.
Es frecuente que, cuando el pueblo aún duerme, Cristalina salga al campo seguida por sus dos gatos, llevando una gran canasta en el brazo. Antes de que el sol asome por completo, regresa a su refugio con diversas plantas, hongos, caracoles, semillas y frutos silvestres, que sin duda emplea para su alimentación. Solo unos pocos días al mes sale al mercado y hace sus compras con premura, dejando tras de sí una estela de murmullos, comentarios y especulaciones de todo tipo.
—Yo creo que deberíamos investigar a esa forastera —opinaron algunas mujeres, sobre todo.
—Sí —añadió una segunda—, mis niños temen pasar por su banqueta cuando van al ojo de agua del Cerro Picudo.
—No tiene justificación lo que dicen —intervino el carnicero, en cuyo negocio se inició la discusión—. Me parece que están juzgando sin fundamento; ella no le hace mal a nadie.
—Pues a mí me parece una bruja.
—¿Cuándo y cómo llegó?
—¡Pareciera que salió de la nada!
—Oiga, señora, no pretenderá que cualquier forastero que llegue al pueblo anuncie su llegada —dijo entre risas el carnicero de bigotes puntiagudos.
La aludida tomó su carne, dejó el importe y se retiró airada por no haber encontrado eco en sus inquietudes.
Así continuó transcurriendo el tiempo. Después de unos meses, Cristalina había logrado acumular una gran montaña de tejido que, sobre el piso, alcanzaba la mitad del muro, dejando apenas espacio para moverse en el gran salón. Los dos gatos retozaban entre arrugas y montículos de tejido, divirtiéndose sin cesar.
Con el tiempo, Cristalina dejó de ser tema de conversación. Poco se mencionaba sobre ella; de hecho, los pobladores parecieron acostumbrarse a verla muy de vez en cuando transitar con su esbelta figura, pálida como escultura de mármol, el pelo recogido en un riguroso moño sobre la nuca, rematado con una cinta en la frente.
Al verse de cerca, esta cinta mostraba símbolos y trazos extraños que, de nuevo, despertaron curiosidad y reavivaron comentarios, originando polémicas entre pros y contras que iban y venían sin que ella pareciera percatarse o preocuparse, si acaso llegaba a escuchar algo. Día con día, Cristalina aceleraba el tejido.
Sus dedos veloces movían los hilos de un lado a otro, y el trabajo crecía sin parar. Madejas aparecían y desaparecían del cesto en el alféizar de la ventana.
Los dos gatos, mientras ronroneaban, jugueteaban con la hebra que se entrelazaba en los ágiles dedos de ella, formando hilera tras hilera de nudos y cadenas a gran velocidad. Habría sido una gran sorpresa si algún habitante hubiera visto la montaña de tejido en el piso del salón principal de la finca, que, cual cordillera en miniatura, ya presentaba relieves y contornos. Al bañarlos el sol, generaba destellos; de noche, la luna jugueteaba con los bordes del tejido, haciendo que reflejos plateados iluminaran los muros deslavados del salón. A medianoche, Cristalina, frente a su ventana, conversaba con la luna. Concluía su charla entonando discretas coplas en un lenguaje extraño, a manera de buenas noches, señalando así el momento de cerrar los postigos.
Es domingo. El trasiego de familias rumbo al ojo de agua de cálidas aguas termales del Cerro Picudo comenzó desde primeras horas de la mañana. Adultos, jóvenes y niños formaban una multitud bulliciosa, mezclando risas y conversaciones mientras se alejaban del pueblo, cargando cestas, sombrillas, anafres y todo lo necesario para pasar el día disfrutando del manantial y cocinando en fogatas, como manda la costumbre.
Ese domingo, el edil y su familia atrasaron su salida. Él, su esposa e hijos iban apresurados; ella, molesta y de mal humor, al pasar por la ventana de la tejedora, exteriorizó su enojo con palabras duras sobre la polémica de Cristalina.
—Es el colmo que se haya permitido que esa mujer siga en nuestro pueblo, cuando nadie sabe con qué intenciones eligió este lugar.
—Mujer, deja de especular. Ella no te ha hecho nada ni ha molestado a nadie. ¿Por qué insistes en denostarla?
—¡Ah! Mira, no sabía que eras su defensor —gritó furiosa.
—Nada de eso. Yo, como tú, no la conozco; ni siquiera sé su nombre. Y hasta donde sé, no perjudica ni a una mosca. No seas injusta.
Al iniciar la semana, el movimiento en la calle retomó su ritmo. Los habitantes, presurosos, tomaban rumbo a sus trabajos y tareas. Varias amas de casa, como era costumbre, se saludaban rápidamente en los puestos de frutas, verduras, lácteos o mariscos, con bolsos y canastas al hombro. Entre ellas iba la esposa del edil, que esperó a que se formara un grupo alrededor del frutero para iniciar el tema.
—¿Ya se han percatado del peligro que representa la mujer de la finca vieja? Al parecer es una bruja y no sabemos con qué intenciones eligió este pueblo. Debemos actuar antes de que lamentemos que haga algo malo.
—¿Pero tú cómo sabes eso? —preguntó una de las marchantas.
—Pues es un misterio. Se le ha visto salir por las noches y hacer cosas extrañas…
—Yo creo que debemos llegar a un plan para echarla de aquí, que no nos quite la tranquilidad. A las 18:00 horas los espero en el salón del cabildo, a toda la comunidad, para salvar al pueblo de esa bruja.
Mientras tanto, Cristalina, ignorante de lo que se fraguaba contra ella, apresuraba su tejido. Sus dedos se movían rápidamente; el encuentro de sus uñas parecía marcar un ritmo: nudo… cadena… nudo… cadena… La montaña de tejido, en una parte, ya alcanzaba el techo del gran salón.
A las siete de la noche, el salón del cabildo estaba lleno de voces enardecidas, alentadas por la esposa del edil. Mujeres con escobas, palos, trapeadores, sartenes y cucharones exigían iniciar acciones para expulsar a la bruja. Afuera, la oscuridad cubría el paisaje, pero el cielo se teñía de una coloración rojiza y anaranjada, con nubes que, extrañamente, destacaban sobre la negrura.
Justo cuando la multitud enardecida estaba a punto de entrar en la calle donde se alzaba la casa vieja, un estruendo estremecedor se escuchó, obligando a todos a detenerse y buscar el origen de aquel ruido ensordecedor.
Aterrados, vieron cómo rocas gigantescas se desprendían de la cúspide del Cerro Picudo, aplastando las primeras casas junto a su base. Rocas, árboles y lodo seguían deslizándose por la falda del cerro, cubriendo más viviendas, sembradíos y llanuras.
De pronto, el cielo comenzó a aclararse. Los nubarrones grises se abrieron, el rojo intenso se tornó azul y una hermosa luna cuarto menguante emergió luminosa. Fue entonces cuando Cristalina, con la punta de su tejido en la mano, salió corriendo por la ventana.
Sus pasos parecían no tocar el suelo, como si levitara en un gran resplandor. Jalaba y jalaba su tejido, que se extendía rápido como una ola en el mar. La alargada figura de la tejedora, aferrada al extremo del tejido, dio un salto impresionante y prendió la punta del brillante conjunto de nudos y cadenas en el cuerno de la luna. Esta lo haló con tanta rapidez que el Cerro Picudo, fracturado en su base y a punto de caer sobre el pueblo, fue acunado lentamente sobre el fuerte tejido de Cristalina.
Suavemente, en un movimiento sereno, la luna lo depositó sobre la cornisa de la montaña, donde su madre lo recibió amorosa. La multitud sorprendida y agradecida aclamó a Cristalina, pidiéndole perdón y aplaudiéndola. Ella, volteando mientras se aferraba a su tejido, seguida por sus dos gatos, comenzó a escalarlo hasta llegar a la luna, que los recibió con amorosos reflejos de plata.
Y así, cuando la luna llena aparece, los habitantes de Cerro Picudo levantan la vista al cielo con gratitud. Allí, entre las estrellas, se alcanza a distinguir una tenue red de luz que envuelve la montaña: es el tejido de Cristalina, el escudo inquebrantable que, a lo largo de los tiempos, mantendrá al pueblo cobijado en el regazo del cosmos.