Es un pueblo como cualquier otro, de esos que se resisten al cambio, con habitantes tranquilos y alegres que conservan la costumbre de tender la mano al vecino. Los días transcurren sin novedad. Sin embargo, cierto día, un evento extraordinario alteró la tranquilidad de la pequeña comarca. Era una noche de octubre, con la luna en todo su esplendor, cuando ocurrió el fenómeno.
Se armó un alboroto en la calle entre los vecinos: comentaban, discutían y discrepaban. Algunos aseguraban haber visto una gran estrella fugaz en el cielo; otros no aceptaban esa versión, pues lo que ellos presenciaron fue una gran bola de fuego. Unos más negaban ambas versiones, afirmando que lo que realmente surcó el cielo fue una nube plateada rodeada de luz, cuya claridad deslumbró e iluminó los cerros.
Pero lo que nadie notó fue que el viejo doctor del pueblo y Gertrudis, la enfermera, llegaron apresurados a la antigua Villa de los Miraflores. Por supuesto, ni ellos se percataron del fenómeno que causó el revuelo entre los vecinos, ya que, pocas horas después de su llegada a la Villa de la solitaria pareja, la esposa dio a luz a cuatro bellas niñitas sin dificultad alguna, lo que generó gran alegría en el matrimonio Miraflores.
El doctor y la enfermera fueron despedidos por el sonriente señor Miraflores. La señora Miraflores trajo al mundo cuatro niñas que, igualmente, no lloraron, sino que sonrieron... ¡Algo extraordinario!
Y, sin saber cómo, el tiempo pasó. Pronto se vio a cuatro niñas corretear en el jardín y, sin más datos en la historia, de pronto ya tenían nombre: el cual fue designado el mismo mes en que llegaron al mundo, justo cuando la luna alcanzó el gran tamaño esperado. La que nació primero se llamó ALFA, luego BETA, GAMMA y DELTA, esta última la más frágil y distraída de las cuatro.
Desde la infancia, Alfa dio señales de su carácter dominante sobre sus hermanas. Pero cuando todo era felicidad en la Villa Miraflores y las cuatro hermanas se habían convertido en cuatro hermosas jóvenes, su padre pasó a otra vida. Con el tiempo, retornó la alegría y floreció el jardín.
Fue así cuando las cuatro muchachas se presentaron ante su madre, sabedoras de que ya había llegado el momento de abrir el libro de "4 DESTINOS", celosamente guardado por la dama en el sótano... Es martes 13. Las cinco mujeres bajan lentamente la escalinata. La madre hace girar la llave de oro y aparece un cofre negro con letras color plata: "4 DESTINOS".
Entre polvo y olores penetrantes, ella limpia un poco el polvo de la tapa y toma la primera medalla... Se dirige a su primera hija, le descubre el pecho y coloca la medalla que, mágicamente, queda adherida a la piel:
-Es tu destino: bruja serás hasta el final de tus días, para bien solamente, nunca para mal. No provoquen su destino violentando el juramento dado.
Las cuatro hermanas, fascinadas, lo prometieron: todos sus sortilegios y hechizos serían para el bien.
Cada día sorprendían las brujerías que iban logrando. Pero el tiempo comunicó a su madre que su final se acercaba... y llegó. Solas las cuatro hermanas en la vieja Villa Miraflores, Alfa las convocó e hizo que sus hermanas le otorgaran el poder para decidir todo, transformando la modesta casa en un castillo de piedra gris con un juramento sentenciado en un muro: "Que nada entre, que nada salga. Somos y nada más".
Y así transcurrieron algunos años. Las cuatro hermanas eran expertas en realizar importantes hechizos. Beta consultaba su luminosa esfera de fino cristal: curaban cultivos de plagas y sanaban el ganado. Pero Alfa, poco a poco, se fue excluyendo de esa misión, sin importarle cómo su medalla en el pecho perdía algo de brillo.
Cierta noche, Beta vio que Alfa caminaba por el pasillo sin proyectar sombra ni tocar el piso. A la mañana siguiente, Alfa anunció la prueba definitiva por El Caldero de Oro puro.
Alfa se puso de pie e indicó que sus hermanas la siguieran. Ya en el sótano, extrajo un pequeño caldero de oro puro: -Quien logre cinco puntos, o como mínimo cuatro, se llevará el caldero de oro. ¡A comenzar con su gran hechizo!
Transcurrieron horas; se escaparon ranas y grillos entre vapores de mil colores. Un golpe extremo puso fin a la prueba, ordenando esperar el fallo al amanecer.
El día llegó con un sol opaco. En el comedor, Delta no apareció en su silla. Alfa descubrió una jaula sobre la cómoda: ahí estaba la cabeza de Delta con cuerpo de gallina negra por no haber alcanzado los cuatro puntos.
Las hermanas protestaron, pero Alfa sentenció las reglas con frialdad. Delta, solo con sus ojos desorbitados, pedía auxilio angustiosamente.
Sucedió que un día, en que Alfa se encerró por tres días en el sótano en luna llena, Beta y Gamma pusieron manos a la obra para liberar a Delta. Con semillas de buenas intenciones y hojas de amor en el caldero, lograron la pócima exacta.
Gamma vertió la pócima: ¡y sácatelas! Delta volvió a estar de pie en su cuerpo humano. Las tres hermanas se abrazaron victoriosas, con sus tres medallas brillando intensamente de luz y bondad.
- ¡Hermanas! Alfa ha permanecido un día más en el sótano... Preocupadas, entraron lentamente. Gamma encendió la luz: junto al caldero mayor, sobre un trípode de hierro, yacía una escultura de hierro gris opaco con una medalla en el pecho totalmente negra.
Ninguna respuesta. El hierro frío de la estatua confirmaba que se habían cumplido la advertencia y la consecuencia. Ser brujas buenas fue la promesa sellada en su corazón, y ese sería el luminoso camino para las tres hermanas Miraflores por siempre.