Ludivina y Perilina están en la sobremesa, después de un delicioso desayuno compuesto por estofado de arañas patilargas y escarabajos en escabeche... y la pócima de las cien hierbas que tanto disfrutan. El periódico, en manos de Perilina, mostraba un gran encabezado con letras negras: "GRÁN AQUELARRE DE LUZ". Tal lugar, tal día...
— ¡Mira, hermana! —Lo que tanto hemos esperado...
La bruja mayor se alegra después de leer el periódico que su hermana ha colocado frente a sus ojos...
— ¡Claro! —¡Mes de octubre!
— ¡Wow! —¿Crees que podamos acudir?
— ¡Por supuesto! ¡Lo hemos esperado tanto!
— ¡No se hable más! Comenzaremos con los preparativos justo el martes, es el día más adecuado para partir...
Ambas tenían ya cada una su escoba... limpiándola, peinando cuidadosamente sus popotes, ungiendo con grasa de cuervo el madero de montar y afanzando las cuerdas de sostén.
— ¡Listas! Alistemos el maletín donde "todo cabe, todo sale, nada falta".
Satisfechas, se fueron a sus aposentos, conscientes de que el alba las iniciaría en su vuelo... Así fue. Confundiéndose con las formas de las copas de los altos álamos del campo, las dos siluetas de las jóvenes brujas se veían dibujadas con el gran sombrero de copa torcida y botines de gran punta.
Atravesaron el pueblo caminando; no era prudente que alguien las sorprendiera en pleno vuelo. Solo el descomunal sombrero era motivo de curiosidad en ellas. Afortunadamente, poca gente transitaba por las calles a esas horas tempranas.
Durante media hora caminaron por las empedradas calles del pueblo. Tres encinos llamaron la atención de las hermanas, que coincidieron en elegir ese punto para pernoctar ahí... Ambas hermanas degustaban el té del buen dormir y comentaban sus expectativas del Aquelarre de Luz.
El fuego iluminaba el rostro de las hermanas; ambas daban pequeños sorbos a su brebaje de 7 plantas, cuando un fuerte zumbido llegó a sus oídos...
No tuvieron tiempo de indagar la procedencia de tan conocido zumbido —de escoba voladora— cuando, ahí frente a ellas, dos mujeres avanzaban con pasos seguros...
— ¡Hola! —Perdón por la interrupción. Nos cayó la noche, vimos la fogata y decidimos bajar. Esperamos no ser inoportunas. Al parecer, llevamos el mismo rumbo...
Perilina habló: —¿Van al Aquelarre de Luz?
— ¡Sí! —¿Ustedes también?
— ¡Claro! —Vamos a él... —Por favor, acérquense al fuego. No es prudente volar tan noche. Quédense hasta el amanecer y saldremos juntas...
— ¡Excelente! —Gracias. —Soy Barbarina, ella es Cascareta. Somos amigas...
— ¡Mucho gusto! —Mi hermana Perilina, yo Ludivina, y mi intuición me dice que este encuentro no es casualidad, pues vean el calendario: hoy inician los 3 días de la hermandad en nuestro mundo brujil...
En torno al fuego, cuatro mujeres jóvenes, tomadas de la mano en silencio, invocan una respuesta... Las cuatro coinciden en que sí estaban predestinadas para estar en cuatro. Ludivina extrae de su maletín cuatro piedras relucientes de obsidiana talladas en forma de cubo y las tira al aire; al caer, les da respuesta.
— ¡Miren! —Grita Barbarina—. Aceptada la petición... seremos cuatro, nada más.
Un golpe fuerte interrumpió la culminación del ritual. Sorprendidas, las cuatro brujas ven cómo en el pasto yace una mujer delgada en extremo, con un sombrero hundido hasta el cuello y una escoba humeante: —Gracias —soy Kamela, perdón por interrumpirlas. Fue un accidente.
Las cinco brujas formaron el círculo en torno a la fogata y recomenzaron el ritual del fuego... Aparecieron esferas de humo que se elevaron: — ¡El juego ha hablado y marcó 5! —habló Ludivina—. Las cinco mujeres se fundieron en un abrazo de pacto jurado.
Las cinco muchachas brujiles repararon la escoba rota y pronto dibujaron en las alturas una hilera de cinco escobas volando en armonioso vuelo, tomando una gran altura y dejando lejos las copas de los árboles.
El bullicio, fogatas y luces de colores rasgando el firmamento les indicó el final de su viaje. El descenso lento y suave permitió que sus cinco pares de botas negras tocaran tierra en el gran tianguis mágico del Aquelarre de Luz.
Amanece... El sol va iluminando el campo del aquelarre... Nuestras amigas realizaron el juramento de "Una para todas... todas para una", unidas por un destino que nadie podrá romper jamás.
La semana pasó como un sueño. En el firmamento de la tarde, cinco escobas en perfecto orden depositan su voto en la copa de un sombrero: —¡Villa Bustamante! —festejaron todas, celebrando unánimes su nuevo hogar.
Al final, las cinco brujas no solo llegaron a Villa Bustamante; se convirtieron en su alma y su leyenda. Sus nombres dejaron de ser palabras para transformarse en constelaciones que guían a los viajeros perdidos hacia los domos de justicia. Y allí, donde las bancas conversan y las estatuas sonríen, el tiempo se detuvo para ellas.
No buscaron la inmortalidad, pero la encontraron en el abrazo de su pacto; un Aquelarre que no termina, un círculo que gira incansable, recordándonos que cuando cinco almas se unen por un bien común, la realidad misma se dobla ante ellas para darles paso a la eternidad.